DERIVAS DE UN BARCO FANTASMA


"Es como alguien que se aferra a un barco que se hunde trepando al mástil, que además está a punto de colapsar. Pero desde allí, tiene la oportunidad de dar una señal para su rescate". 

WALTER BENJAMIN en una carta a Gerhard Scholem del 17 de abril, 1931. 

Dentro de un mes nos reunimos. A poco más de cien kilómetros de donde nos encontraremos, en el castillo de Bará, se acaba de reunir la presidenta del BCE con otros más de 20 jefes de bancos centrales, alertando de la "descomunal incertidumbre" que afronta el mundo. Comenzó su discurso de la siguiente manera: "Un pensador nacido en esta península lo expresó con sencillez hace dos mil años. Séneca escribió: ‘Ignoranti quem portum petat, nullus suus ventus est’. Ningún viento es favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige". Podríamos entonces pensar que el capitalismo en su runaway, por decirla à la Camatte, está atravesando un umbral de época, no una simple crisis. Y sin embargo, el recurso a la cita de Seneca de un barco a la deriva nos reenvía a la hipótesis cibernética planteada por Agamben en una conferencia en Atenas durante el año 2013 y que lleva por título: Para una teoría de la potencia destituyente. Y dice así: 

"Uno de los principales problemas que los gobiernos tuvieron que enfrentar en su momento fue el problema de las hambrunas. Antes de Quesnay, la metodología tradicional intentaba prevenir las hambrunas mediante la creación de graneros públicos y limitando la exportación de cereales. Ambas medidas tuvieron efectos devastadores para la producción. La idea de Quesnay era la de revertir este proceso: en lugar de intentar prevenir las hambrunas, propuso dejar que ocurrieran para así gobernarlas una vez ocurridas, liberalizando el intercambio interno y externo. “Gobernar” retiene aquí su significado cibernético etimológico: un buen kybernes, un buen piloto, no es capaz de evadir tempestades, pero, si la tempestad ocurre, debe ser capaz de gobernar su embarcación, utilizando la fuerza de las olas y los vientos para navegar. Éste es el significado del famoso lema “laisser faire, laissez passer”: no sólo es la clave del liberalismo económico, sino que también es el paradigma de gobierno que concibe la seguridad (sûreté, en palabras de Quesnay) no como la prevención de problemas, sino más bien como la habilidad para gobernar y guiar aquéllos por un buen camino una vez que han ocurrido". 

Aquí y ahora, la pregunta que se nos plantea debería entonces ser: ¿Qué se ha vuelto insoportable? ¿Qué gesto interrumpe, aunque sea mínimamente, la reproducción normal de ese insoportable? ¿Quién lo está haciendo ya, incluso sin nombre, sin programa y sin reconocimiento político? Se trata de ensayar encuentros: aproximarse a quienes, sin compartir el idioma, la pertenencia o la ideología, reconocen sin embargo una misma intolerabilidad. No buscar una unidad, sino la resonancia. No la síntesis, sino cierta capacidad de afectarse mutuamente sin clausurar la diferencia. Lo único no completamente capturado quizá sean ciertas prácticas frágiles de interrupción: ritmos, vínculos, formas de atención y cooperación que suspenden momentáneamente la normalidad del desastre. Por eso la cuestión no es escribir un programa, sino elaborar una partitura. No un modelo a aplicar, sino un conjunto abierto de indicaciones: ensayar este ritmo, esta respiración, esta forma de presencia. La partitura no determina la acción; abre un campo de variaciones posibles. No tiene autor soberano, solo usos, desplazamientos, ejecutantes provisionales. No pertenece a nadie, porque solo existe en la práctica compartida. Esto no es una metáfora. Es una tesis sobre la producción de lo común: lo común no es una sustancia, sino un uso; un ensayo no desde lo que nos falta, sino desde lo que hay.

La derrota no desaparece. La conciencia herida del momento no es una anomalía que deba sanarse antes de seguir adelante y actuar; es el único punto de partida políticamente honesto tras el agotamiento de las formas revolucionarias heredadas. No hay que esperar a terminar el duelo para intervenir. El duelo mismo es el terreno desde el cual ensayar otra relación con la acción, el tiempo y el vínculo. Pero precisamente aquí emerge el peligro permanente: que esta política de la resonancia derive en una estética de la fragilidad compartida; que la interrupción se vuelva identidad; que la afinidad sustituya a toda transformación efectiva; que el pequeño círculo de quienes “perciben lo intolerable” termine funcionando como una comunidad implícita de elegidos. La partitura puede abrir posibilidades inéditas, sí, pero también puede convertirse en un lenguaje de reconocimiento mutuo para minorías políticamente impotentes que aprenden a habitar lúcidamente su propia marginalidad. La cuestión decisiva quizá sea entonces otra: cómo sostener formas de vida no reconciliadas sin convertir la herida histórica en capital simbólico, ni la derrota en el fundamento secreto de una nueva superioridad moral.

Para el militante errante —entre una lucidez capitalizada en términos estratégicos y un duelo convertido en filosofía no académica—, la incapacidad de transformar estructuras reales se reinterpreta como pureza ética. El riesgo es que la derrota deje de ser un problema político y se convierta en una identidad moral. Impotencia en forma de superioridad cargada de rencor (supuesta venganza estabilizada en forma de coherencia subjetiva). Y aquí aparece una tensión muy fuerte: si este recorrido nace de la derrota, ¿la destitución es una nueva estrategia… o una sublimación elegante de la impotencia histórica? Cómo situarnos desde una conciencia histórica herida que intenta imaginar cómo seguir viviendo políticamente después del fracaso, en las ruinas de las formas revolucionarias heredadas. Una aristocracia afectiva de los desencantados. Una microélite de la lucidez. Es decir: una figura menos épica, pero no menos narcisista. El problema no es únicamente si la destitución transforma algo, sino si produce subjetivizaciones capaces únicamente de desear otra cosa distinta de su propia lucidez sobre el desastre. No hay salida al goce de la derrota si el fracaso se hace consistente sosteniendonos afectivamente. Y esto último no como integración del fracaso o de la derrota sino como estructura sofisticada de habitarlo sin transformarlo. Jugamos como nunca, perdimos como siempre. Qué ganamos perdiendo así? Reorganizándonos en circuitos puros conspirativos, gramáticas morales del cisma o economías elitistas de la amistad.

En este punto, la llamada “destitución” queda atrapada en una ambigüedad estructural: ¿se trata de una estrategia efectiva de desactivación de formas de poder, o de la sofisticación discursiva de una impotencia que ha aprendido a narrarse como gesto radical? La pregunta no es menor, porque lo que está en juego es la posibilidad misma de distinguir entre ruptura real y una estetización del colapso.

Leer el presente es ya un acto político reparador que restaura la sensibilidad cercenada. Sin una nueva sensibilidad, el choque solo pondrá en marcha una violencia ciega, incapaz de desembocar en otra forma de vida. Cuando el algoritmo nos muestra el cuerpo del niño palestino despedazado pero nos pide que «verifiquemos la fuente», lo que está en juego no es ya la información, sino nuestra capacidad de sentir lo real. 

Vanya*

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